Nuestra vida exige una respuesta de nuestra parte. Una respuesta con respecto a nuestras posibilidades frente a los desafíos que nos plantea y no una huída o evasión. Se trata de definir una “postura” frente a lo que queremos lograr y frente aquello que desearíamos evitar o que no se diera.
Y una de las posturas más importantes es la que decidimos asumir frente a Dios. Como no somos nuestro propio origen, tampoco somos nuestro propio fin por lo que la existencia de Dios queda de algún modo certificada por aquello a lo que aspiramos y que no podemos lograr en esta vida de modo pleno: la felicidad y el amor.
Podemos ciertamente plantearnos altos grados de felicidad y amor pero nunca es “suficiente”, ni lo será en esta vida. Esa plenitud sólo la podemos conseguir cuando el motivo de nuestra felicidad y el objeto de nuestro amor presenta la característica de “infinitud”, característica de la que carece cualquier realidad en este mundo. Si nuestra existencia culminara en esta vida, habría algo aquí que nos generaría plenitud..., y no lo hay. Como bien señalara Carlos Llano: "no pretendamos satisfacer nuestra sed del bien infinito, con una serie infinita de bienes finitos".
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