A este mal de nuestros días lo podemos considerar como una profunda sensación de desubicación e inadecuación debidas a una creciente falta de sentido en nuestras vidas. Se debe en esencia a que la persona – contrariamente a lo que sucede con el animal – no tiene resuelta su existencia simplemente dejándose llevar por sus instintos. Tiene que decidir lo que quiere ser, hacer y tener en la vida y eso implica una gran responsabilidad.
Y con respecto a esa elección, sus opciones más seductoras son querer lo que hacen los demás, o hacer lo que los demás quieren. Renunciar, pues, al compromiso de vivir un proyecto personal de vida implica que la persona caiga o en el conformismo (querer lo que hacen los demás) o en la sumisión (hacer lo que los demás quieren). Y cuando así sucede, suele ser cuestión de tiempo para que caiga en algún tipo de neurosis, adicción o dependencia afectiva como resultado de la falta de responsabilidad para asumir una postura más proactiva en su vida.
Mientras menos sentido tiene la vida de alguien, más se centra el individuo en sí mismo y viceversa. La autorrealización humana sólo la puede alcanzar la persona cuando la busca en función de una trascendencia (fuera de sí) y no en función de una inmanencia (dentro de sí). Esto significa que la autorrealización es un resultado de la disposición de ir más allá de los límites del propio egoísmo (trascendencia) y no de la necedad de pretender que el mundo gire en torno a uno (inmanencia). Nuestra identidad viene dada por una misión específica en la vida y no por un modo personal de pretender ser feliz.
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