viernes, 29 de octubre de 2010

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Estamos acostumbrados a etiquetar a las experiencias y a las personas según nos agraden o no: si me gustan, las considero "buenas"; si no me gustan, las considero "malas". Y el gusto o no por algo dista mucho de ser el mejor indicador de su "valor". Lo "bueno" o lo "malo" lo podemos identificar por sus consecuencias (positivas o negativas) y no necesariamente por su disfrute, de tal forma que, no todo lo que nos guste generará consecuencias positivas ni todo lo que nos desagrada traerá consecuencias negativas.

De hecho, mucho de lo que es valioso en la vida implica hacer cosas que desagradan y mucho de lo dañino implica realizar cosas muy placenteras. Es cuestión de tener una visión más profunda de la vida, pensar en las consecuencias y no en las preferencias a la hora de decidir, a la larga, será mejor.

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