Los problemas de autoestima suelen surgir de una mentalidad absolutista. Es decir, si algo sale mal o es un tanto negativo, lo percibimos como “totalmente” negativo, y si algo sale bien y es positivo, lo vemos como “totalmente” bueno, ignorando todas las posibles variaciones intermedias. Se trata, pues, de una distorsión mental muy común. Si vemos la vida en categorías extremas de blanco y negro, creeremos consecuentemente que nuestro comportamiento sólo puede ser magnífico o terrible, por lo que emocionalmente oscilaremos entre estados de euforia o frustración, y rara vez en paz y armonía.
La autoestima es mucho más importante de lo que se suele pensar ordinariamente. No se trata de un simple sentirse bien consigo mismo y mucho menos de una especie de aceptación personal reducida a mera resignación o conformismo sobre la propia situación. La autoestima tiene que ver con un sentido más profundo de la propia identidad y con una percepción más objetiva de nuestra valía personal. Quien carece de ella se vuelve dependiente y vulnerable de las personas y circunstancias que le rodean. En cierta medida, la persona con baja autoestima carece de libertad interior y libertad de acción ya que se encuentra limitada, confundida por el miedo y la inseguridad, por la ansiedad y la desolación.
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