Cuando no perdonamos le estamos transfiriendo poder y control personal a quién nos ofendió o lastimó. ¿Por qué? Porque en cierto modo nos mantenemos atados emocionalmente a la persona que nos dañó mediante la herida que consciente o inconscientemente nos generó, lo que denota que nuestro estado anímico se ve afectado por el significado que le seguimos dando, más que por la ofensa en sí. En otras palabras, mantenemos vivo el dolor en la medida en que mantenemos viva nuestra posición de “víctima”. Y eso nos desgasta y discapacita en el amor, nos debilita y vulnera frente a los demás. Y, por si fuera poco, si esa persona nos hirió con mala intención, al guardarle resentimiento prolongamos su triunfo sobre nuestra dignidad lastimada.
Si lo consideramos con detenimiento, tiene mucho sentido perdonar a otros o a ti mismo porque te deshaces de un lastre tremendo. O, ¿acaso le encuentras alguna ventaja a no hacerlo? Tal vez sí y entonces te mantengas en la postura de no perdonar, o tal vez no y simplemente no sabes cómo hacerlo. Tal vez encuentres en tu resentimiento una de estas dos ventajas posibles: la de que no te permita que te vuelvan a lastimar o la de mantener vivo el deseo de desquite o venganza. Al hacer lo que te hicieron te vuelves igual a quien te lo hizo, con lo que tú pierdes y esa persona gana. Tú te rebajaste y aquella persona se “creció” con tu dolor y amargura. No sólo te hizo una maldad sino que consiguió volverte una persona mala. ¿Es eso lo que realmente quieres?
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