No todo lo importante es placentero ni todo lo placentero es importante..., aceptarlo y reconocerlo es sin duda alguna, síntoma de madurez. Son muchos los intentos en los que se pretende que lo placentero se equipare con lo valioso, inclusive se busca que el indicador de lo importante lo sea lo placentero. Triste falacia que conduce a la desgracia a más de uno pues al intercambiar el oro de lo valioso por las llamativas cuentas de vidrio de lo placentero, se termina perdiendo en términos de salud física y mental.
Ciertamente lo placentero es bueno y contribuye a hacer de nuestra vida una experiencia atractiva y agradable, aunque conviene recordar que su naturaleza es de medio y no de fin. Esto significa que la experiencia de placer acompaña a otra de mayor importancia, por lo que no es pertinente buscar al placer por el placer mismo, sino como el aliciente para la realización de algo más valioso. Por ejemplo, el placer de comer hemos de experimentarlo como algo que acompaña a la función (más importante) de nutrir nuestro organismo. Cuando se come por el placer que reporta y no por la nutrición, se desvirtúa su experiencia y se genera un desorden natural y existencial que termina generando consecuencias negativas.
Así que la experiencia de felicidad se asocia más a la realización de valores que a la de placeres. Se es feliz cuando se hacen realidad nuestros valores más profundos: el honor, la familia, el trabajo, la honradez, la resposabilidad, la creatividad, la seguridad, la innovación, la abundancia, la salud, la convivencia, la amistad, la paz interior...constituyen la verdadera razón de ser de nuestra vida.
Los valores verdaderos nos motivan y nos impulsan, no dependen de estados de ánimo ni su realización está condicionada por dificultades o por el esfuerzo que requieran. Son los que, a fin de cuentas, nos mueven a saltar de la cama cada mañana para hacerlos realidad a lo largo de la jornada que comenzamos. Identificarlos pues, junto conla determinación de hacerlos realidad a como de lugar, constituyen uno de los avances más grandes en términos de desarrollo personal. No todo mundo vive de acuerdo a su propia escala de valores sino que, con frecuencia, viven de acuerdo a la escala de valores de otros, o los que los medios de comunicación les imponen a través de anuncios, novelas o series. Por esta sóla razón podemos explicarnos la desdicha de muchos. Existen muchos valores y cada quien puede variar su elección de ellos en términos de significado o de prioridades, lo importante es que, si se trata realmente de un valor (objetivo), el hacerlo realidad se traducirá en una experiencia habitual y profunda de paz interior y de alegría.
Por ello es importante que identifiques los tuyos más importantes y, una vez que los identifiques, los hagas realidad en tu vida. Y ¿qué significa hacerlos realidad? Bueno, significa que los lleves a la práctica a través de actitudes y conductas específicas. En el ser humano, hacer realidad un valor se traduce en generar en la práctica disposiciones y comportamientos concretos. Por ejemplo, si decido hacer realidad el valor de la humildad en mi vida, esto se ha de traducir en disposiciones y conductas específicas como podrían ser:
Disposiciones Conductas
No exagerar las cosas que no me gustan Rezar
No darle importancia a mis estados negativos Pedir disculpas cuendo me equivoco
Agradecer lo bueno y "lo malo" en mi jornada Ayudar al que lo necesita
Evidentemente lo anterior precedido por la intención contínua de querer ser humilde, pues dicha intención mantenida me dispone a ir "descubriendo" a lo largo del camino, las ocasiones y posibilidades que se me presentan para ser humilde. Existen diversos mecanismos que nos pueden ayudar a descubrir cuáles son nuestros valores primordiales. Uno de ellos es el siguiente:
1. Dime algo que podrías hacer pero que no estarías "dispuesto(a)" a hacer.
Por ejemplo, "engañar a alguien". Valor de veracidad.
2. ¿Qué podría justificar que lo hicieras a pesar de no estar de acuerdo en hacerlo?
Por ejemplo, "proteger a un amigo". Valor de la amistad.
En este caso no sólo identificamos los valores de la persona, sino su jerarquía. Aquí no entramos en materia de la justificación moral de ir en contra de un valor para hacer realidad otro, sólo buscamos resaltar que todos respetamos - nos demos cuenta de ello o no- una cierta jerarquía de los mismos.
El otro modo sería:
1. ¿Qué te motivaria a intentar algo nuevo en tu vida?
Por ejemplo, "ganar más dinero". Valor de la riqueza
2. ¿Qué te impediría llevarlo a cabo?
Por ejemplo, "el dedicarle menos tiempo a mis seres queridos". Valor de la familia.
3. ¿Qué te haría retomar el valor 1, a pesar de que se contraponga con el n. 2?
Por ejemplo, el "garantizar la formación académica de mis hijos". Valor de la educación.
4. ¿Qué te haría volver a dejar de hacerlo?..., y así sucesivamente hasta que lleguemos a nuestro valor "más profundo".
Como podrás observar, la vida se trata más de la realización de valores que de la satisfacciones de placeres, y no es lo que se nos suele transmitir hoy en día ni en la sociedad ni en los medios de comunicación masiva. Es lo que, de antaño, nos han buscado transmitir las religiones más serias y que, a pesar de los pesares sigue resonando en nuestras consciencias, aunque no lo queramos admitir.
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