"El hombre es lo que cree" diría Anton Chejov, y así es. Creer es una de las funciones más profundas de nuestro ser y constituye la esencia de lo que consideramos valioso, posible y meritorio. En buena medida, nuestras creencias son las reponsables de lo atractivo o no que nos resulta vivir, de nuestra emoción y entusiasmo o de nuestro temor y estrés en cada jornada. Son los supuestos de los que partimos y dependen de los conceptos con los que nos manejamos.
La mayoría de ellas las hemos "importado" de otros y nos han creado mapas mentales específicos a través de los cuales, interpretamos el mundo y el comportamiento de los demás. En esencia existen dos tipos de creencias: las impulsoras y las limitadoras. Evidentemente cada una provoca resultados opuestos entre sí pues, mientras que las primeras - como su nombre lo indica- nos impulsan a lograr lo que deseamos, las segundas nos apartan de su posibilidad.
Los resultados que obtenemos en nuestra vida se deben a acciones concretas que realizamos - o no- y dichas acciones se deben a su vez a creencias específicas que las motivan e inspiran. En realidad, nuestras creencias intervienen a lo largo de un proceso que seguimos - habitualmente de manera subconsciente- para determinar si emprendemos algo o no. Dicho proceso está contenido por los siguientes pasos:
Primero. Determinamos que tanto deseamos algo en realidad
Segundo. Determinamos si somos capaces de llevar a cabo lo que se requiere para lograrlo
Tercero. Determinamos si lo que se requiere realmente va a funcionar
Cuarto. Determiamos si es algo que nos corresponde a nosotros lograr o si merecemos lograrlo.
Cuando nos planteamos algo nuevo en nuestra vida y no lo logramos - o ni si quiera intentamos- es porque en alguno de esos cuatros pasos nuestras creencias son limitadoras. Y un paso elemental para superarlo es identificar en cuál de ellos nos "atoramos" por alguna creencia limitadora.
Las creencias limitadoras se nutren la mayoría de las veces de una falta de información o preparación con respecto a algo concreto. Se alimentan de la falta de reflexión sobre las opciones que podemos encontrar con respecto al "cómo" hacer posible algo. Dos preguntas que son muy poderosas para desarticular creencias limitantes son las de "¿por qué no?" y "¿qué puedo hacer al respecto?"
Supongamos por ejemplo, que me quiero dedicar a las ventas (para incrementar mi ingreso) y que no me considero capáz de hacerlo (segundo paso). Al preguntarme "por que no" comienzo a desafiar mi creencia limitadora. La respuesta tal vez podría ser: "porque me da pena venderle a la gente, pues siento que les causo una moleestia". Acto seguido conviene hacerse la segunda pregunta: "¿Qué puedo hacer al respecto?" Obviamente la tentación inmediata será responder algo así como: "nada" o "no sé", pero no se trata más que de salidas en falso. Si asumimos un compromiso real y honesto con nuestra mejora personal, podemos profundizar en las opciones que se nos pueden presentar. Si persisto en la pregunta, tarde o temprano encontraré la respuesta "liberadora" que podría ser del tipo: "podría tomar un curso sobre ventas", "podría verlo no como una molestia para el otro sino como la posibilidad de prestarle algún servicio ", o alguna por el estilo.
Confrontar nuestras creencias se convierte en algo muy poderoso a nuestro favor. El problema es que poca gente lo hace pues la ignorancia o la pereza mantiene a la mayoría marginada y sumida en sus mismas experiencias empobrecedoras y rutinarias. Te invito pues a que empieces a determinar que es lo que quieres lograr y a que descubras en cuales de los cuatro pasos pudieras atorarte por una creencia limitadora. Y ya que la identifiques, cuestiónala, pues como afirmara George B. Shawn: "mientras que la mayoría de las personas contemplan las cosas como son y se preguntan ¿por qué?, yo prefiero contemplar mis sueños y preguntarme ¿por que no?"
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