miércoles, 22 de diciembre de 2010

La Huida del Dolor

El dolor no existe para echarnos a perder la existencia, existe par que lo traspasemos, lo superemos corrigiendo algo en nuestras vidas o elevando nuestros criterios. Y al superarlo generemos un crecimiento personal producto de un cambio en nuestras creencias y en nuestra conducta. En otras palabras, el sufrimiento podemos verlo como el momento de prueba que exige de nosotros un cambio para mejorar, para “volar más alto”. Si no hay dolor, no hay crecimiento pues no se enfrenta una resistencia, no se sale de la zona de confort cuando no se está dispuesto a sufrir.
La huída del dolor pues, no es pertinente. No se crece cuando buscamos el modo de “sacarle la vuelta” a los problemas, sino cuando procuramos “darles la vuelta” y procurar así una mejor situación que antes. Quienes buscan huir del dolor no hacen más que postergarlo pues tarde o temprano hará acto de presencia en sus vidas por más que lo quieran evitar. Y como huían de él, al toparse con él se encuentran más vulnerables, más indefensos, por lo que sufren aún más. Por supuesto que tampoco se trata de buscar el dolor como si ser masoquista fuera la solución. No. Se trata de encontrarle un sentido a aquel sufrimiento que no podemos evitar y que no pidió permiso para entrar en nuestra vida.

El sentido que podamos encontrarle al dolor tiene que ver con la posibilidad de purificación, fortalecimiento y cambio que nos ofrece. Nos purifica cuando nos lleva a reevaluar lo que consideramos valioso en la vida y nos hace más humildes y sensatos frente a lo que muchos consideran “indispensable” y que en realidad no lo es. Nos fortalece cuando decidimos que no tenga la “última palabra” en nuestra existencia y seguimos adelante a pesar de su presencia. Y nos hace cambiar porque una vez que sufrimos, ya no podemos ser los mismos: mejoramos o empeoramos. Y mejoraremos con el dolor si descubrimos lo que puede estar fallando en nuestras creencias, nuestras actitudes o nuestro comportamiento y lo corregimos.
Sufrir cuesta, pero menos de lo que cuesta pretender vivir una existencia irresponsable que sobrepone el placer y el prestigio a los principios que hemos de respetar para tener una vida íntegra y generosa.

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