viernes, 31 de diciembre de 2010

Cuestionar lo que Percibimos

Nuestros pensamientos dan origen a nuestros estados de ánimo y estos a nuestras acciones. Somos antes que nada seres pensantes y esto implica consecuencias tanto positivas como negativas. Cuando yo me siento y actúo de determinada manera se debe a que pensé de determinada manera en un determinado momento sobre determinada cuestión. Con lo cual la clave de un sentir y actuar correctos es la generación de pensamientos correctos; si me equivoco en mi manera de pensar, lo haré en la manera de sentirme y por ende, en la manera de comportarme. El verdadero cambio en la vida de una persona se logra cuando se genera un cambio en su manera de pensar. Pero el cambio de mentalidad es uno de los más difíciles porque requiere del desprendimiento de uno de los ingredientes más constitutivos de nuestro ser interior: la manera como interpretamos los acontecimientos en nuestra vida. Y no es fácil ni agradable desprenderse de algo tan profundo y enraizado que te ha servido mal que bien para tomar decisiones con el transcurrir de los años.
¿Por qué el pensamiento es tan determinante y poderoso en el ser humano? Porque se trata de un ser espiritual y lo propio del espíritu es traspasar lo material para llegar a lo universal y abstracto o, por mejor decir, porque el pensamiento lo convierte en autor y no en simple espectador de lo que acontece en su vida. Por el pensamiento podemos ir más allá de lo sensorial, podemos creer, podemos crear, podemos aprender y podemos entender. Por el pensamiento no nos limitamos a lo necesario para vivir sino que interpretamos nuestra existencia y le asignamos cierto valor y sentido. El pensar es lo más constitutivo de la persona y lo más determinante pues en su manera de pensar encontraremos el significado que le da a las cosas y por lo mismo, el por qué de su existencia y, cuando entiendes el por qué, entiendes el cómo. En otras palabras, el modo de ser de una persona nos habla de su modo de pensar porque las personas hacemos o dejamos de hacer las cosas por algo, por un motivo, no por simple instinto, y ese motivo lo determinamos en nuestra mente.
De ordinario suponemos que nuestras percepciones de la realidad son objetivas e inobjetables, que las cosas son como las vemos, que las personas actúan por los motivos que pensamos, que los acontecimientos ocurrirán como los prevemos y que la vida es así, exactamente como la percibimos. Pero con frecuencia nos hemos visto en la necesidad de admitir que nos equivocamos: que las cosas no son siempre como las vemos, que las personas no actúan siempre por los motivos que pensamos, que los acontecimientos no ocurrieron como los supusimos y que la vida en realidad no es como la percibimos. Sucede entonces que tenemos que rectificar nuestra conducta y nuestro estado emocional porque tuvimos que rectificar nuestra manera de ver e interpretar la realidad ante la contundencia de lo que tarde o temprano termina por ser evidente y, en ocasiones, contrario a lo que pensamos.
Pero por desgracia no faltan quienes, frente a la contundencia de la realidad, mejor optan por negarla o evadirla y tratan de explicar por qué no coincide con sus percepciones en vez de reconocerla tal y como es y ajustar sus percepciones a ella. Estas personas forman parte del grupo de los que “nunca se equivocan”, de los que “siempre tienen la razón”, de los que son “objetivos” y que, coincidentemente, resultan ser los más arrogantes, los más emocionalmente inestables y los que terminan por quedarse solos como consecuencia del aislamiento que ellos mismo provocan como fruto de su necedad. También los hay que cuando sus percepciones no coinciden con la realidad, optan por cambiar de realidad, y los ves continuamente cambiando de pareja, de trabajo, de residencia, de imagen, de relaciones, etc. porque no se dan cuenta de que los que están mal son ellos, no la realidad que se empeñan en evadir.
Y la persona que no cuestiona sus interpretaciones de cara a la realidad, vive inmersa en la trampa emocional de la inestabilidad, de la desproporción y de la impulsividad.

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