Es común que las cosas no salgan como quisiéramos ni "cuando" quisiéramos. La vida tiene sus propias reglas del juego y bien haremos en aprenderlas y ajustarnos a ellas, y una de esas reglas es la de "saber esperar". Cuando ya pusiste los medios y seguiste el proceso pertinente para obtener algo de la vida y eso no se da, entonces hay que esperar porque ese es el verbo que se nos exige conjugar en ese tiempo como parte de nuestro crecimiento interior.
Esperar no es fácil pues se experimenta cierta impotencia y vulnerabilidad, sin embargo, es buena disposición para crecer en humildad personal y confianza en Dios. Humildad porque al "limitarnos" a esperar caemos en la cuenta de nuestra fragilidad y hasta cierta incapacidad pues "no somos tan poderosos como pensábamos". Y confianza en Dios porque el puede "mover montañas" fundamentado en nuestra fe. Hay pues que saber esperar y madurar en el transcurso de esa espera que, si no cae en desaliento, seguro se verá coronada por lo que esperábamos...¡y más!
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