Mucha gente vive presa de su inseguridad porque le dan más importancia a lo que sienten que a lo que "sucede" en la realidad. Anticipan escenarios catastróficos y "decretan" que así será en lo sucesivo, luego entonces, se retraen y se esconden prefiriendo mejor no intentarlo que "fracasar", como si el no intentarlo no fuera un fracaso en sí mismo. Los decretos mentales son tan poderosos como absurdos cuando no se basan en la realidad "actual". La gente que sufrió un fracaso o un desengaño en el pasado, puede estar decretando en el presente que así seguirá ocurriendo si se arriesgan a algo nuevo y mejor.
Y sus propios decretos los encadenan, sus propias sensaciones los traicionan; y en lugar de fijarse en la realidad objetiva y corroborar sus posibilidades (y no sólo sus amenazas), prefieren estancarse en sus percepciones subjetivas. Lo irónico es que, los mismos que decretan su imposibilidad, son los que podrían decretar su propia expansión si se decidieran.
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