Se vive mucho una vida ilusoria, una vida caracterizada por la negación y la evasión, por una percepción limitada y subjetiva. El iluso se ha creado un mundo propio con el que busca salir adelante. El problema es que "su" realidad no coincide con "la" realidad. Lo que percibe parece real porque sólo admite en su conciencia (su atención) aquello que concuerda con sus deseos y criterios. Esto da lugar a su mundo de ilusiones, mundo que es necesario defender sin descanso, precisamente porque no es real. Y dicha defensa genera mucha tensión y desgaste.
El mundo que vemos refleja simplemente nuestro marco referencial interno: las fijaciones, las distorsiones cognitivas, los deseos y temores que albergan nuestra mente y nuestro cuerpo. No vemos lo que es, sino que vemos como somos. Desde nuestro interior decidimos a que clase de mundo queremos pertenecer, luego proyectamos ese mundo afuera y hacemos que se haga realidad para nosotros.
La manera de hacerlo real es a través de las interpretaciones que hacemos de lo que vemos. Por ello, la primera exigencia de nuestra naturaleza (humana) es la objetividad: ver las cosas como son, no como somos. Sin la objetividad nos equivocamos en nuestras experiencias y respuestas en la vida. La objetividad requiere de atención y humildad, ¿cuál de las dos te falta? O, ¿acaso las dos?
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