Mucho de nuestro progreso interior requiere de una habitual purificación (también interior), y cada vez que las cosas no salen como esperamos - o los demás no se comportan como nos gustaría- tenemos la posibilidad de llevar a cabo dicha purificación. La condición es que dejemos de resistirnos a aquello que no nos gusta y nos hace sufrir, y dejar de resistirse implica -entre otras cosas- dejar de quejarse.
Esto no significa que haya que ser conformistas y aguantarse cuando las cosas no salen como quisiéramos, significa que, si exigen un cambio o esfuerzo de nuestra parte resolverlas o superarlas, lo haremos sin aspavientos ni sintiéndonos víctimas. Todo en esta vida nos es prestado, incluyendo nuestra propia vida, de tal forma que, en la medida en la que nos apegamos a cualquier cosa o persona en esta vida, nos comportamos como los propietarios que no somos de nada. Y entonces este apego contamina la pureza de nuestro ser y nuestro amar.
Por eso, cuando haya que aceptarse lo que no se puede cambiar y modificarse lo que sí se puede, hay que hacerlo en un contexto de "purificación", como algo que, al realizarlo con la mayor humildad y mansedumbre, nos permitirá disponernos a andar por la vida "ligeros de equipaje".
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