La experiencia humana no se explica sola ni principalmente por los instintos e impulsos que de alguna manera nos condicionan. Ciertamente, nuestra estructura fisiológica y psicológica nos generan un “modo natural” de reaccionar frente a lo que nos acontece. Nuestros impulsos causan determinadas reacciones y con frecuencia nos lamentamos por ello. Y como consecuencia, una y mil veces nos proponemos controlar nuestro mal humor, ser alegres, disfrutar las cosas y tener en lo general un modo de vida más satisfactorio y menos complicado. Lo intentamos una y otra vez y rara vez lo conseguimos. En el mejor de los casos logramos “descargar” nuestra “furia emocional” y, sólo es cuestión de tiempo antes de volvernos a cargar con ella. ¿Por qué? ¿En qué estamos fallando?
En primer lugar, en pasar por alto que no sólo nos podemos mover por “causas” sino también por “razones”... ¿la diferencia? Las causas me vienen “programadas por naturaleza” mientras que, las razones, se me presentan cómo opciones propias de mi "ser libre”. Esto significa e implica que, más que centrarme en la “causa” que me altera, me centre mejor en la “razón” de esa alteración y el posible sentido que tenga (o del que probablemente carezca).
Podemos tener bien claras las causas de nuestro malestar y no tener razón de sentirnos así. Por ejemplo, puede ser que me ponga de malas que me cambien de plan a última hora (causa) y no tener razón para ello, pues en realidad puedo descubrir que a fin de cuentas “no pasa nada”. El error de descuidar la "razón" se agrava cuando pretendemos “causar” directamente el estado emocional que pretendemos. Mientras más alegre me propongo ser, menos lo logro, porque la alegría es una consecuencia de determinada situación y no su causa. Cómo bien señalara en una ocasión el Dr. Frankl, "uno no puede lograr que una persona se ría a menos que se le cuente un chiste (razón de ser de la risa en este caso), no le puedo imponer que se ría porque lo que origina la risa es algo externo a esa persona, no la persona misma".
La implicación práctica de esto es que el modo de corregir y madurar nuestros estados emocionales no es el que nos propongamos lograrlo, sino la meditación personal sobre las "razones" de y en nuestra existencia. Es a través de la meditación que logramos encontrar las “razones” para ser felices, alegres, eficaces, agradecidos, etc. Y a través de ella podemos descubrir que con frecuencia no tenemos “razón” para angustiarnos, enojarnos o para experimentar cualquier emoción negativa.
El desafío en nuestra vida - como ya lo hemos mencionado en anteriores publicaciones - no es lo que nos suceda en ella y lo que nos haga sentir eso que nos sucede, sino la respuesta con que la enfrentamos (la actitud personal) y el sentido que podamos descubrirle a esas experiencias. Esta constante disposición a la meditación junto con un profundo desapego por nuestro estado emocional presente (hacer lo que conviene a pesar de cómo nos sentimos), son lo que finalmente nos van generado la tan deseada libertad interior que se caracteriza por una paz y armonía en nuestro diario acontecer y que no dependen de las circunstancias, como si dependen, nuestros instintos e impulsos.
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