Cuando nos sentimos mal solemos cometer el error de centrarnos en nuestro estado emocional como si se tratara de lo más importante en la vida. Y se trata de un error porque el sentimiento no está diseñado para que nos centremos en él, sino para centrarnos en algo (o alguien) que va “más allá” de la experienica emocional en sí, que le da su razón de ser o de plano lo invalida. Por eso, cuando nos sentimos mal hay que centrarnos en “los motivos” y no en los sentimientos negativos que experimentamos y cuestionarnos si dichos motivos tienen fundamento "real".
Con respecto a los motivos existen tres posibilidades: puedo hacer algo al respecto, no puedo hacer nada al respecto o no son objetivos (reales). Si puedo hacer algo al respecto, entonces nos sentiremos mejor en la medida en que concretemos pensamientos y acciones para remediarlo; si simplemente nos limitamos a lamentar nuestra situación no haremos más que incrementar la intensidad de aquellas emociones que nos generan sufrimiento.
Si no podemos hacer nada al respecto, entonces mejoraremos nuestra situación en la medida en que la aceptemos y le encontremos “un sentido” aprendiendo a vivir con ello. Conviene concentrarnos en el provecho que podemos sacar y en el posible beneficio para otros al aprender a vivir con eso que nos lastima, que no podemos cambiar. Ese sentido viene dado por nuestra determinación de vivir del mejor modo posible a pesar de la pérdida o de la frustración debida a un fracaso.
Si descubrimos que no tenemos razón de sentirnos mal y que sí lo hacemos es por nuestra imaginación o soberbia, entonces hay que rectificar la intención y plantearnos vivir de una forma más humilde y desprendida.
No hay que olvidar que, cómo provenimos de otros, "somos para otros" y eso nos genera un compromiso de vida responsable y proactiva. Es la existencia de otros lo que finalmente le da sentido a la nuestra. Cuando hacemos de un ideal o de una relación nuestro objetivo fundamental, entonces emocionalmente nos volvemos aptos para compartir y servir, marcando una diferencia significativa en la vida de los demás.
Ir más allá significa abandonarnos en las manos de Dios y tomarnos en serio nuestro papel de “corredimir” emocional y espiritualmente hablando a los demás, sin detenernos demasiado tiempo en nuestras propias emociones, cómo no sea para ponerlas al servicio de otros y contribuir así a mejorar su situación.
Cómo diría alguien con mucho acierto: la felicidad es “una puerta que se abre hacia fuera, no hacia dentro”. En la medida que nos centremos más en la felicidad de los demás aseguraremos la nuestra; felicidad que no se procura ni con la sumisión ni dejándonos chantajear o manipular, sino cuando nuestro modo de ser positivo beneficia a otros y les sirve de pauta para su propio cambio y mejora personales.
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