A este mal de nuestros días lo podemos considerar como una profunda sensación de desubicación e inadecuación debidas a una creciente falta de sentido en nuestras vidas. Se debe en esencia a que la persona – contrariamente a lo que sucede con el animal – no tiene resuelta su existencia simplemente dejándose llevar por sus instintos. Tiene que decidir lo que quiere ser, hacer y tener en la vida y eso implica una gran responsabilidad y una gran carga emocional.
Y con respecto a esa elección, sus opciones más seductoras son querer lo que hacen los demás, o hacer lo que los demás quieren. Renunciar, pues, al compromiso de vivir un proyecto personal de vida implica que la persona caiga, o en el conformismo (querer lo que hacen los demás) o en la sumisión (hacer lo que los demás quieren). Y cuando así sucede, suele ser cuestión de tiempo para que caiga en algún tipo de neurosis, adicción o dependencia afectiva como resultado de la falta de responsabilidad para asumir una postura más proactiva en su vida.
Mientras menos sentido tiene la vida de alguien, más se centra el individuo en sí mismo y, por el contrario, mientras menos piensa en sí mismo, mayor el sentido que descubre en su vida. La autorrealización humana sólo la puede alcanzar la persona cuando la busca en función de una trascendencia (fuera de sí) y no en función de una inmanencia (dentro de sí). Esto significa que la autorrealización es un resultado de la disposición de ir más allá de los límites del propio egoísmo (trascendencia) y no de la necedad de pretender que el mundo gire en torno a uno (inmanencia). Nuestra identidad viene dada por un compromiso personal con la vida y no por un modo personal de pretender ser feliz, centrado en el "bien estar".
Con respecto al sufrimiento, la persona no puede huir persistentemente de él y tarde o temprano será su “compañero de viaje”. Por eso la realización personal no tiene que ver con la posibilidad de no tener que sufrir, sino con la disposición a encontrarle un sentido al sufrimiento que no se pueda evitar. Cuando canjeamos la búsqueda del sentido en nuestra vida por la búsqueda del placer o del poder, ese mismo poder y placer se terminan convirtiendo en causa de dolor en todos los niveles humanos: físico, psíquico, espiritual.
La felicidad, pues, se traduce más en una búsqueda del sentido que pueda tener el ejercicio de mi libertad frente a los desafíos de la vida, que en la obtención de la mayor cantidad posible de placer o del mayor ejercicio posible de poder. En otras palabras, la felicidad es consecuencia de una vida con sentido y no de una vida cuyo tema central sea el sentirse bien a toda costa; esta, por sí sola, mientras más se busque, menos se encuentra. Paradójico, ¿no es así?
Mucha de nuestra frustración se atribuye hoy en día al inconsciente como motivador de nuestros actos conscientes. Como si “fuerzas misteriosas” determinaran nuestra conducta de manera consistente y contundente. Y en cierta medida así es, sin embargo nuestro “andar a la deriva” se debe mucho más a la falta de metas y valoraciones que llenen de contenido nuestra vida que a la falta de introspección en nuestro propio ser.
Así que, mientras más responsable sea nuestra disposición a vivir de manera comprometida con lo que es valioso por sí mismo, mayor será nuestra inmunidad frente al vacío existencial. El desafío consiste entonces en dedicarse más a descubrir la diversas formas que puede cobrar aquello que tiene sentido de acuerdo a nuestra consciencia, que a conseguir aquello que simplemente te hace sentir bien de acuerdo a nuestro corazón.
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