lunes, 25 de enero de 2010

Las Tres Pretensiones

En la vida podemos encontrarnos con tres pretensiones que la configuran y hasta determinan: la del placer, la del gozo y la del valor. En la primera, la del placer, el cuerpo busca "su felicidad", busca experimentar lo que agrada a los sentidos: colores y formas que deleiten a la vista; olores y fragancias que cautiven al olfato; palabras y sonidos que seduzcan al oído; manjares y sabores que encanten nuestro gusto; sensaciones y texturas que conquisten nuestra piel. El placer motiva a nuestro cuerpo por la vía de las pasiones y también lo puede encadenar por la vía de las adicciones.
En la segunda, el corazón busca el gozo a través de la experiencia del logro y la de la aceptación y reconocimiento por parte de los demás. En general, lo que nos produce la sensación de seguridad y poder es lo que nos causa el gozo. Se trata del mundo de aquello que nos resulta atractivo y conveniente. Aquí el corazón es el que manda...y el que con frecuencia se equivoca. Son los sentimientos los que nos envuelven y hacen de nuestra vida una experiencia de gozo o de sufrimiento. Es aquí donde las neurosis aparecen por no estarse dispuesto a ver las cosas -y las personas- como son, sino como suponemos que deberían de ser de acuerdo a nuestras expectativas y criterios.
Finalmente, el valor..., lo "valioso". Entra en juego aquí la consciencia, ese "órgano del sentido" (como la llamara Frankl) que nos permite percibir lo que tiene significado más allá del placer y del gozo, y con frecuencia, a costa de ellos. Se trata de aquello que complace a Dios aunque a nosotros, en ocasiones, no. Se trata de aquello que universalmente todos aceptan...y desean: el amor, el perdón, la justicia, el servicio, la entrega, la persistencia...la "gratitud".
Tres grandes pretensiones que con frecuencia no se pueden dar a la vez. El placer que habitualmente ha de sacrificarse en aras del gozo y este en aras del valor. El placer se busca por instinto, de manera impulsiva; el gozo se procura por la atracción que ejerce sobre nosotros el objeto de nuestro deseo; el valor, que ha de ser consecuencia de una decisión y determinación personales. El placer y el gozo son transitorios, efímeros y parciales; el valor hecho realidad a través de la virtud perdura en el tiempo y es el único que en realidad "genera paz en nuestras almas".

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