Ser persona implica una “totalidad” y una “unidad” a la vez. La totalidad de nuestro ser se contiene en tres niveles distintos y conectados entre sí: el físico, el psíquico y el espiritual. La unidad se refiere al modo irrepetible en que se presentan los tres niveles en cada individuo, modo que lo distingue de los demás.
En primer lugar, el nivel físico. Mi identidad comienza por mi fisiología específica que me distingue en rasgos y metabolismo de los demás. Tengo un cuerpo específico que manifiesta y expresa mi modo de ser mediante mi postura y mis gestos; y mi desarrollo personal comienza por el cuidado que tengo de mi salud y por el nivel de energía que soy capaz de generar y aplicar. Y no se trata de una cuestión de simple imagen, es mucho más que eso, es a través de mi cuerpo que los demás pueden ver “materializada” mi personalidad. Tanto los fracasados como los exitosos tienen una fisiología específica. Y no tanto porque los exitosos cuenten con un cuerpo mejor dotado que los fracasados, no. Sino porque el cuerpo nos habla del tipo de pensamientos, sentimientos y acciones que la persona ha tenido a lo largo de su vida.
En segundo lugar, el plano psíquico. Son mis tendencias y el modo como me inclino a reaccionar frente a lo que me sucede, lo característico de mi psiqué. Este plano se va configurando por el tipo de creencias sobre lo valioso y lo posible que percibo en mi entorno. Se trata de la dimensión que orienta mi ser en términos del placer y del dolor. Es aquí donde se presentan las distorsiones mentales que suelen trastornar mi perfil emocional.
Y por último, el plano espiritual. Este se sobrepone a los dos anteriores si bien no deja de relacionarse con ellos. Es el plano que se orienta hacia lo que tiene sentido -en términos de trascendencia - en nuestras vidas y no a lo meramente placentero. Por mi espíritu yo voy más allá de la búsqueda del placer y del poder y me sitúo en lo "sobrenatural", en los valores que están fuera de mí y por encima de mí. Es el nivel donde el desarrollo personal se genera mediante el servicio a los demás y a través de una cierta religiosidad que "formalice" mi relación con Dios. Con frecuencia se opone a lo físico y a lo psíquico, si bien los requiere para la plenitud de su servicio a Dios a través del servicio a los demás.
En el plano espiritual los objetivos y las metas son importantes si bien no suelen ser placenteras; su atractivo radica en la búsqueda de plenitud de la persona y no en la sensación de bienestar, como sucede con el nivel físico y el psíquico. Por eso, el verdadero desarrollo de la persona se consigue con aquello que libremente elige, por el valor que representa y no por el placer que produce. Mucho desorden y sufrimiento se producen en nuestra vida por no llegar a un buen "desempeño" en lo espiritual.
La búsqueda pues, de la verdadera felicidad se traduce en una cada vez mayor determinación por elegir lo valioso sobre lo placentero; lo importante por encima de lo que simplemente provoca bienestar. Son la fe y la responsabilidad los dos grandes “instrumentos” del desarrollo personal, y no lo logra quien no tiene presente que, lo que implica ser persona es una constante disposición a renunciar a aquello que sólo nos genera satisfacción corporal o emocional, de cara a aquello que nos produce satisfacción espiritual al ser el fruto de nuestra fe en Dios y nuestra responsabilidad frente a los demás.
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