Vivir exige de nosotros la disposición y capacidad de generar respuestas. Respuestas con respecto a nuestras posibilidades frente a los desafíos que se nos presentan y no una simple y cobarde huída o evasión. Se trata de definir una “postura” frente a lo que queremos lograr y frente a aquello que desearíamos evitar y que no obstante se da. En otras palabras, la cuestión clave que define nuestra calidad de vida no es la simple observación - con cierto grado de resistencia - de lo que nos sucede ni la pura expectación de lo que nos pueda llegar a suceder, sino la “acción” que decidimos emprender o la "actitud" que decidimos asumir.
Una de las posturas más importantes en la vida es la que decidimos asumir frente a Dios. Como no somos nuestro propio origen, tampoco somos nuestro propio fin, por lo que la existencia de Dios queda de algún modo "certificada" por aquello a lo que aspiramos y que no podemos lograr en esta vida de modo pleno: la felicidad y el amor.
Podemos ciertamente plantearnos altos grados de felicidad y amor pero nunca es “suficiente”. Esa plenitud sólo la podemos conseguir cuando el motivo de nuestra felicidad y el objeto de nuestro amor presenta la característica de “infinitud”, característica de la que carece cualquier realidad en este mundo. Si nuestra existencia culminara en esta vida, habría algo aquí que nos generaría plenitud..., y no lo hay.
No creer en la existencia de Dios pues, conlleva a un absurdo de cuya frustración es imposible liberarse y de la que no faltan lamentablemente pocos casos; pero creer en la existencia de Dios tampoco basta. De nada sirve el reconocimiento de un Dios que considero ajeno - o al menos distante- a mí que se mostrara indiferente a mi existencia, como si después de haberme creado, se desentendiera de mi situación y no significará nada para El. Si así fuera, entonces ¿para que crearnos? Todo lo que no persigue un fin es absurdo, ridículo e insostenible; todo en el orden natural persigue un fin y cumple con una función específica.
Así que, nuestra vida será absurda y ridícula en la medida en que no persigue determinado fin. Y no hay fin que valga la pena si no nos conduce finalmente al “fin de los fines”: Dios. Con lo cuál cabría preguntarse si lo que soy, hago y tengo me conduce o no hacia Dios; de no ser así, el "egoísmo" será la única opción. Conducirme hacia a Dios requiere que yo busque "imitarlo", e imitarlo en lo que le es más propio: "el amor". Como El es lo mejor que existe, nosotros mejoraremos en la medida en que nos asemejemos más a El.
Nuestra referencia a Dios, pues, es la clave del éxito en nuestras relaciones, y el éxito en nuestras relaciones es la clave de nuestra felicidad, así que el milenario "ámense los unos a los otros como Yo los he amado" sigue cobrando vigencia e importancia en la medida en que descubrimos que son cada vez más los "infelices" con los que nos topamos a lo largo del camino en nuestra vida.
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